
H entró a un bar desolado con la intención de fumar un último cigarro. Supuso que la desolación se debía a la hora. Es muy temprano, se dijo. Pero la noche comenzó a transcurrir y nadie entraba al bar. H sintió que se enfrentaba a su propia mudez y él mismo se sintió desolado, asumió para sí la ausencia de gente. Tarde en la noche una mujer entró al bar y se sentó junto a H. Por fin llega alguien, pensó. La mujer no habló y H la bautizó M. H hablaba sin parar y M no decía palabra. M terminó de fumar el cigarro de H y H se dejaba apagar. En ese momento sucedió el robo. La ausencia, el asalto, la desaparición. H dio un salto a la mañana siguiente. Un instante noche y, al siguiente, día. El bar estaba atestado de gente y H, en su mesa, solo, pensaba en las horas que había perdido, en el tiempo que le habían robado. En el tiempo que M le había succionado. H se levantó de su mesa y caminó hacia la salida. Se atravesó en su camino un espejo. Se vio. Hizo un gesto, una mueca de abandono, como el que haría cualquier persona cuando le informan que el mundo se ha acabado. Esa mueca que colinda con el fastidio de haberse perdido el fin del mundo. H se aburrió en ese gesto. Y en ese gesto, tan pequeño, vio a M en su rostro y su cuerpo y sus ojos. Vio su femenino rodeando lo masculino. Vio el cigarro en su boca. Se vio a sí mismo hablando con H en la mesa de un bar desolado. Se vio mujer en su cuerpo. Se vio robándole el tiempo a un hombre. Y vio, en un instante, el tiempo robado.
Oyó una voz suave, imperceptible. Una voz que susurraba, escondida como ruido de fondo entre las palabras nítidas de su propia voz. H ha visto en un gesto un silencio que murmura, mundos entremezclados y voces que no parecen suyas. El olvido, le dijo M, no es otra cosa que el otro lado de las palabras que logras recordar, las que hacen memoria. La voz masculina de H siempre está presente y le dice qué hacer; la voz femenina es todo lo demás, lo que está más allá, lo imperceptible, el ruido de fondo, la frontera. M lo contenía. Eros es el cuerpo que se trasforma.
“Agárrate de los cabellos de Eros antes de que se vaya”, se oyó un grito.
Estremecedor cuerpo deseante de sí mismo. (alrededor de Eros hay tetas que sonríen, anotó H en su cuaderno).
Placer, se dijo. Abandonarse. Ilustres órganos femeninos se levantaron en el podio y por primera vez pronunciaron un discurso. Aplausos.
Es un asunto de cartografía, le dijo otro, si en un mapa de la Tierra borramos un país, la frontera de ese país quedará dibujada en las fronteras de los países circundantes. Es la forma del vacío. Es tu femenino. ¿Entiendes?
Entiendo, dijo H. O quizás sólo lo pensó porque su voz se había borrado.
Volvió al espejo, a su imagen y semejanza. De nuevo la gente, de nuevo el día.
H se fue del bar siendo otra vez él mismo. Ése es el problema, se dijo, aquello de sí que se repite una y otra vez hasta convertirse en identidad/autoridad/unidad. H entró a un bar sintiéndose unificado, homogéneo, liso en su superficie. Fumó un cigarro consigo mismo, con su femenino, con un ruido. Fumó hasta apagarse. Se trasformó en deseo y fue ella. Salió del bar después de haber perdido varias horas de su conciencia. Salió transformado. H camina rasgado, viendo a M en cada reflejo, oyendo su voz. Ahora H escucha voces constantemente. No voces que le hablan, sino voces que no dejan de hablarse. Voces que se dejan escuchar.
H se deja perder en territorios desconocidos.La otra noche entró a otro bar y quedó petrificado cuando finalmente, en un desgarro, un close up al rostro; y por un rato no…
Imagen: Gustave Moreau. La toilette.








